jueves, 25 de agosto de 2011

CLASE 5 : Actualidad de la Iniciación Cristiana









  • La Iniciación Cristiana: una responsabilidad comunitaria ·
  • Distintos niveles de responsabilidad. ·
  • Iniciación y piedad popular (experiencia del santuario)

Dicen nuestros pastores que la pastoral de Iniciación Cristiana debe ser asumida por todos: [1]

· Concierne a toda la comunidad...[2]

La iniciación se realiza en la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia; nunca es un acto privado entre Cristo y el catecúmeno: la iniciación cristiana concierne a la comunidad antes que el individuo[3]; es siempre una acción eclesial. La Iglesia entera debe sentirse y querer ser responsable de este maravilloso acontecimiento[4]. La iniciación cristiana “no deben procurarla solamente los catequistas o los sacerdotes, sino toda la comunidad de los fieles”[5], más aún, es la misma comunidad cristiana la que al final de este proceso acogerá a los neófitos en un ambiente fraterno donde puedan vivir con la mayor plenitud posible lo que han madurado y celebrado[6]. Por esto sostenemos la necesidad de un proyecto pastoral que integre la catequesis y busque formar verdaderas comunidades acogedoras: es el marco infaltable para una catequesis fecunda. Al respecto es iluminador lo que nos dice el Documento de Aparecida[7].

· ...pero hay distintas responsabilidades...

Si bien toda la comunidad es responsable de la iniciación cristiana y todos sus miembros han de dar testimonio de la fe, ya que es una tarea que concierne a todos, sin embargo hemos de advertir y reconocer distintos grados de responsabilidad según el ministerio que la Iglesia misma les confía. “Se ha de tener siempre presente que toda la iniciación cristiana es un camino de conversión, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en constante referencia a la comunidad eclesial...”[8]

· Los padres de familia, primeros iniciadores.[9]

“Deseo llamar la atención de modo especial sobre la relación que hay entre iniciación cristiana y familia. En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la familia cristiana al itinerario de iniciación”[10]. El testimonio de vida cristiana, ofrecido por los padres en el seno de la familia, tiene un carácter insustituible[11].

· Los catequistas.

Junto a la misión originaria que tienen los padres de familia respecto a sus hijos, la Iglesia confía a determinados miembros del Pueblo de Dios, especialmente llamados y formados, el delicado servicio de transmitir orgánicamente la fe a aquellos que desean profundizar su incipiente respuesta de seguimiento de Jesús, en el seno de la comunidad[12]. Para esto, es necesaria una sincera vocación, una esmerada capacitación y una profunda espiritualidad.

· Otros miembros de la comunidad.

Es de esperar la colaboración y el testimonio de cercanía en la acogida y acompañamiento de los catecúmenos-catequizandos de parte de los otros miembros de la comunidad. El aporte peculiar de los religiosos, religiosas y miembros de sociedades de vida apostólica al proceso catecumenal de iniciación está directamente vinculado con su participación en las comunidades locales y desde la originalidad de su carisma.

· Los diáconos y presbíteros.

Todos los miembros del clero, y particularmente los párrocos, en virtud del sacramento del Orden que han recibido, son constituidos en educadores de la fe[13] y tiene en relación con la iniciación cristiana una incuestionable responsabilidad, lo cual ha de ser una constante preocupación pastoral.

· El Obispo.

En cuanto sucesor de los apóstoles –destinatarios “primarios” del mandato pastoral del Señor-, el Obispo es, podríamos decir, ministro ordinario y primer responsable de la iniciación cristiana en su diócesis. Él debería ser quien la administre normalmente. “Su presencia en la comunidad parroquial que, por la Pila bautismal y la Mesa eucarística, es el ambiente natural y ordinario del camino de iniciación cristiana, evoca eficazmente el misterio de Pentecostés y se demuestra sumamente útil para consolidar los vínculos de comunión eclesial entre el pastor y los fieles”[14].

Esta preocupación por la iniciación cristiana llevará al Obispo a asumir “la alta dirección de la catequesis”[15] en la Iglesia particular. Concierne al ministerio episcopal: establecer en su diócesis un proyecto de iniciación cristiana articulado orgánicamente con los otros momentos del plan pastoral; cuidar que los catequistas y todos los agentes que participan activamente en el itinerario catecumenal se preparen de la forma debida para su función; presidir la celebración de los sacramentos de la iniciación, particularmente con los adultos, y sobre todo en la Vigilia Pascual.

Los interlocutores.

Este itinerario catecumenal no será siempre uniforme, sino adaptado a la índole del interlocutor y a las circunstancias de hecho existentes. Una cosa, en efecto, es el proceso de la iniciación vivido por un niño y otra por un adulto; una cosa es acompañar el proceso catecumenal de un nuevo miembro de una familia creyente, otra es proponer el catecumenado a un joven inmerso en una cultura urbana secularista, y otra recorrerlo con alguien que no haya oído hablar de Dios.

La iniciación cristiana -transmisión de la fe y celebración sacramental, estrechamente ligadas en el mandato del Señor-[16], forma parte integrante de la misión de la Iglesia, que es, y no puede dejar de ser, universal, procurando alcanzar a todos los hombres y a todos los pueblos del mundo. Pero no puede ser propuesta de modo idéntico, sino adecuado a la condición de quienes se disponen a recibirla y a las circunstancias que los rodean.

Reclamamos una atenta y urgente mirada sobre la iniciación cristiana de los adultos ya que son “las personas que tienen las mayores responsabilidades y la capacidad de vivir el mensaje cristiano bajo su forma plenamente desarrollada...”[17].; hoy es éste uno de los grandes desafíos de nuestra pastoral evangelizadora: evangelizar integrando a los adultos a la comunidad eclesial. Asimismo la participación de los jóvenes, de los adolescentes y de los niños en los itinerarios de iniciación requiere un replanteo y renovación profundos, a partir de las consideraciones que aquí presentamos.

La iniciación cristiana, una responsabilidad comunitaria.

La iniciación cristiana pretende siempre lo mismo, pero los lugares donde se desarrolla la colorean con caracteres originales[18]. Esos lugares nos permiten hacer referencia al dónde ha de desarrollarse el proceso catecumenal y qué responsabilidad los vincula.

La familia.

La familia cristiana, Iglesia doméstica, es un lugar de iniciación que tiene un carácter único. La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece toda otra forma de catequesis[19]. En nuestro país la participación activa de la familia en los procesos de iniciación es una realidad extendida, sobre todo en ciertas regiones –especialmente rurales-; sin embargo, la crisis en los vínculos familiares afecta dolorosamente la posibilidad de que ésta siga siendo el lugar primero y ordinario de iniciación cristiana: la familia, salvo pocas excepciones, ya no transmite la fe a sus hijos y ciertos hábitos de profunda tradición cristiana son excepcionalmente practicados.

La parroquia, animadora de la iniciación cristiana y lugar privilegiado de la misma; otras comunidades o ámbitos posibles.

“La comunión eclesial, aún conservando siempre su dimensión universal, encuentra su expresión más visible e inmediata en la parroquia. Ella es la última localización de la Iglesia; es, en cierto modo, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas[20]. De allí que la definamos en nuestros días como comunidad de comunidades y movimientos que acoge las angustias y esperanzas de los hombres, que anima y orienta la comunión, participación y misión”[21].

La parroquia es el lugar más significativo en el que se forma y manifiesta la comunidad cristiana. Ella está llamada a ser casa, escuela y taller de comunión, donde los miembros del Pueblo de Dios disciernen y asumen su vocación de discípulos misioneros. Ella es el ámbito ordinario donde nace y se crece en la fe.

La parroquia ha de ser el lugar donde se asegure la iniciación cristiana, es el ambiente natural y ordinario de la misma. Esto exigirá una renovación de la modalidad catequística de la parroquia para lo cual ofrecemos estas reflexiones, lo cual se explicitará mejor en la segunda parte de este documento[22].

En cuanto comunidad de comunidades se entiende que haya distintos espacios en los que los itinerarios de iniciación cristiana puedan desarrollarse adecuadamente.

El ámbito ordinario ha ser la sede o centro parroquial, que corrientemente asume el apelativo de “parroquia”, pero actúan como ámbitos comunitarios de similares características las “capillas”, los “centros misionales o comunitarios”, los “centros catequísticos”, las “comunidades eclesiales de base” y las “pequeñas comunidades”. Éstas, para ser consideradas espacios apropiados para la iniciación cristiana deberían garantizar la comunión con el proyecto diocesano, estando plenamente integradas a la comunidad parroquial; deben tener la posibilidad de celebrar comunitaria y establemente la fe y la vida y la intención de integrar afectiva y efectivamente en esa comunidad a los neófitos.

Las escuelas católicas y/o parroquiales son un lugar muy relevante para la formación humana y cristiana. La reflexión conciliar ha provocado un cambio decisivo en la concepción de la escuela católica pasando de la escuela-institución a la escuela-comunidad[23].

Estas comunidades educativas evangelizadoras se convierten en espacios posibles para el desarrollo de la iniciación cristiana, si garantizan ciertos aspectos y criterios: a) En cuanto comunidad inserta en otra –es decir, en la parroquia-, el itinerario de iniciación ha de estar orientado y conducido por el párroco, quien a su vez acompaña a los catequistas, discierne y celebra los momentos de maduración y establece los ámbitos oportunos para las celebraciones; b) Los procesos de la iniciación deben conservar su identidad y evitar cualquier asimilación al vitae escolar, salvaguardando su carácter de libre participación por parte del catecúmeno-catequizando; c) Los procesos han de estar animados por catequistas idóneos, especialmente capacitados y dedicados a la iniciación; d) Los padres de familiar deberían contar con un espacio en el que manifiesten expresamente su consentimiento a la participación de sus hijos en este particular itinerario catecumenal y a la vez, ellos mismos, deberán acompañar esta etapa de sus hijos; e) la mistagogía debe estar orientada a la conformación de una pequeña comunidad estable, más allá del período de formación escolar, que posibilite la perseverancia y haga efectiva la integración al resto de la comunidad parroquial; f) Quienes participen del itinerario catecumenal deberán hacerlo conforme a los ritmos litúrgicos propios de este camino de iniciación, de tal manera que la autonomía propia del calendario escolar no deteriore ni desvirtúe su participación.

Dada la pluralidad de circunstancias socioculturales y religiosas que inciden en este ámbito, será necesario hacer más precisiones acerca de la modalidad específica en la que debería desarrollarse esta actividad catequística de iniciación cristiana en las comunidades educativas.

Las diversas asociaciones y movimientos que se promueven en cada Iglesia particular, tiene como finalidad ayudar a los discípulos misioneros de Jesucristo a realizar su vocación laical en el mundo y en la misma Iglesia. Estas son también pequeñas comunidades integradas a la comunidad parroquial. En este sentido pueden ofrecer, subsidiariamente, en algunas realidades eclesiales, ámbitos donde desarrollar itinerarios catecumenales de iniciación.

REZAMOS LO APRENDIDO

Compartimos las Bienaventuranzas del Peregrino (Dioc. Lomas de Zamora)

1. Bienaventurado eres, peregrino, si descubres que el camino te abre los ojos a lo que no se ve.

2. Bienaventurado eres, peregrino, si lo que más te preocupa no es llegar, sino llegar con los otros.

3. Bienaventurado eres, peregrino, cuando contemplas el camino y lo descubres lleno de nombres y de amaneceres.

4. Bienaventurado eres, peregrino, porque has descubierto que el camino comienza cuando se acaba.

5. Bienaventurado eres, peregrino, si tu mochila se va vaciando de cosas y tu corazón no sabe donde colgar tantas emociones.

6. Bienaventurado eres, peregrino, si descubres que un paso atrás para ayudar a otro vale mas que cien hacia adelante sin mirar a tu lado.

7. Bienaventurado eres, peregrino, cuando te faltan palabras para agradecer todo lo que te sorprende en cada recodo del camino.

8. Bienaventurado eres, peregrino, si buscas la verdad y haces de tu camino una vida y de tu vida un camino, en busca de quien es el Camino, la Verdad y la Vida.

9. Bienaventurado eres, peregrino, si en el camino te encuentras contigo mismo y te regalas un tiempo sin prisas para no descuidar la imagen de tu corazón.

10. Bienaventurado eres, peregrino, si descubres que el camino tiene mucho de silencio; y el silencio, de oración; y la oración, de encuentro con el Padre que te espera.


[1] Cf. LRCIC , Parte III Lineamientos.

[2] Cf LRCIC , Parte III Lineamientos.

[3] Antes de ser el medio de asegurar la salvación del individuo, es acontecimiento salvífico que interesa y afecta primariamente a la Iglesia.

[4] CT, 16.

[5] AG, 14

[6] Cf. CT, 24.

[7] Cf. DA 365; 366; 370.

[8] SCa, 19.

[9] El orden de referencia es de acuerdo a la dinámica de iniciación en un sujeto que nace en una familia cristiana.

[10] Sca. 19.

[11] Cf. CT, 68. Ver también: DA 302-303.

[12] Cf. DGC, 221.

[13] PO, 6b.

[14] PG, 38.

[15] CT, 63c.

[16] Cf. Mt. 28, 19; Cf. Mc. 16, 15-16.

[17] CT, 43.

[18] Cf. DGC, 254.

[19] Cf. CT, 68.

[20] ChL. 26.

[21] SD, 58.

[22] Cf. DA, 293-294. PG, 28.

[23] Cf. Dimensión religiosa de la educación en la Escuela Católica, 31: 1 c. Congregación para la Escuela Católica.




CLASE 4: PARA AMPLIAR Y PROFUNDIZAR

Iglesia Oriental: continuidad en un proceso integral

El. P. Esparafita nos dice:

las comunidades eclesiales de Oriente, fueron surgiendo diversos ritos –bizantino, sirio occidental, maronita, armenio, sirio oriental, copto y etiópico–. Ahora bien, nuestra mirada se centrará en el bizantino, ya que es el que mejor representa la tradición oriental. Por estas latitudes la Iglesia conserva la práctica de iniciación de las comu­nidades primitivas. Dicha praxis se caracteriza por el hecho de que los sacramentos de la incorporación a Cristo y a su Cuerpo, que es la Iglesia, forman una unidad. Por lo cual hay que subrayar que Oriente ha sabido con

servar la fisonomía de la iniciación como sacramento con­ferido en tres etapas sacramentales íntimamente unidas.[1] Como en Occidente, ante el creci­miento de las comunidades, el obispo ya no podía presidir personalmente la liturgia de la ini­ciación en todas las comunidades de su jurisdicción. Sin embargo, a diferencia de Occidente, encomendarán tales oficios a los presbíteros que ellos mismos habían establecido como res­ponsables de tales comunidades. Los sacramentos de la iniciación eran –y son– administrados por el presbítero que está a cargo de la comunidad, reconociendo la presidencia del Obispo y expresándolo simbólicament

e en el hecho de que el que bautiza, al consignar lo hace con el crisma consagrado por el obispo o por el Patriarca correspondiente. El que bautiza, a la vez que acompaña la triple inmersión del catecúmeno, pronuncia la fórmula trinitaria, expresada de modo pasivo. Después de varias oraciones el sacerdote unge con el Myron haciendo la se­ñal de la cruz sobre varias partes el cuerpo. La celebración del sacramento de la confirmación está integrada con la celebración bautismal destacando su vinculación comple­mentaria y plenificante. Si el bautismo y la confirmación se han celebrado durante la misa, desde el baptister

io se conduce a los «nuevos cristianos» al encuentro con el resto de la comu­nidad y reciben, antes que los demás, la Eucaristía bajo las dos especies –si son niños sólo bajo la especie del vino–. Si tuvieron ocasión de celebrarse independientemente de la celebra­ción eucarística, comulgarán lo antes posible, en una de las siguientes misas. Con prescinden­cia del tema de la edad, quien se ha iniciado en la fe –bebé, niño o adulto– mediante el bau­tismo y la confirmación es capaz de participar en la eucaristía: quien ha sido incorporado a Cristo no queda excluido de la comunión de su Cuerpo y Sangre.

Nos permitimos aqUí, abrir un breve paréntesis. Si bien como fecha clave de la ruptura entre Oriente y Occidente se señala el 16 de julio de 1054, fecha en que los legados de Roma dejaron sobre el altar de la Basílica de Constantinopla la Bula de excomunión contra el pa­triarca Miguel el Cerulario y la consecuente respuesta de éste contra aquellos, sería más acer­tado señalar el acontecimiento de 1204,[2] en el que con ocasión de la cuarta cruzada los lati­nos entraron en Constantinopla a filo de espada y reemplazaron al Patriarca por un obispo la­tino. Hasta entonces no se la consideraba como una ruptura que afectara esencialmente a la comunión.[3] No obstante, si bien hubo intentos de reanudar o mantener la comunión[4] –como puede observarse, en la confesión de fe[5] que el emperador Miguel Paleólogo remitiera al Papa Gregorio X con ocasión del segundo concilio ecuménico de Lyon (1274)–,[6] sin em­bargo, desde aquella entrada cruenta a Constantinopla por parte de los latinos, el odio impidió que todos los intentos de restablecer la comunión llegaran a buen fin.

En lo atinente a la disciplina sacramental, las exigencias que por entonces Roma dic­taminaba, ya en Lyon (1274) a los bizantinos, ya en Florencia (1439) a los armenios, seña­lando fundamentalmente que el ministro de la confirmación era el obispo, no eran aceptadas por los orientales separados, quienes las consideraban como abusivas imposiciones. La caída de Constantinopla a manos de los turcos en 1453 someterá a la prestigiosa Iglesia bizantina a crueles ultrajes y persecución que debilitarán el poder político del Patriarca a tal punto que el resto de las comunidades de oriente comenzarán a independizarse. Así, la de Moscú, por el año 1589, y con la idea nacionalista moderna una tras otra, las Iglesias ortodoxas manifestarán sus autonomías. El papa Clemente VIII (1595) prohibió a sacerdotes del sur de Italia de rito bizantino que ungieran con el Myron a los niños bautizados por ellos, éstos debían ser remiti­dos a un obispo latino para que los confirmara.[7] Benedicto XIV (1742) recuerda e insiste en esta enseñanza; no obstante no niega la validez del sacramento administrado por tales sacer­dotes.[8] Clemente XIV (1774) admitirá al «simple sacerdote» como ministro extraordinario de la confirmación.[9]

Una mirada a la Iniciación Cristiana en la Iglesia de Oriente nos plantea la necesidad de asumir nosotros esta unidad en el itinerario sacramental para salir de lo que anteriormente llamamos “autismo sacramental”. Esta renovación pastoral hará de nuestras comunidades un signo de esa Iglesia Madre que hoy tanto necesitamos todos. Una Iglesia acogedora, que no excluya a nadie, que esté abierta al diálogo con las nuevas formas culturales para engendra Vida nueva desde su identidad original.

Es interesante leer el siguiente aporte del P. Andrés Boone[10] que señala las notas esenciales de esta renovación de la catequesis a fin de pensarla como escuela de vida y los sacramentos como una unidad.

2. LA INICIACIÓN: UN CAMINO CASI OLVIDADO

Ciertamente no es suficiente tener una meta y actividades; hay que comenzar con el catequizando. La imagen del camino que descubrimos en nuestro acercamiento al evangelio de Lucas nos invita justamente a comenzar un camino con los niños, adolescentes y jóvenes que nos son confiados, para que puedan asumir los valores del Reino y hacer una opción de ser seguidores de Jesús.

Tomamos como premisa que “Por su supervivencia, cualquier grupo humano transmite sus experiencias, sus leyes, sus valores, sus motivos para vivir. Para eso, tiene tres herramientas útiles de comunicación: la instrucción, el aprendizaje y la iniciación. Cada modo de transmisión tiene su lógica propia, su dinamismo interno que le da estructura y organización. Si la instrucción valoriza la representación conceptual, la práctica, reina en el aprendizaje, mientras el rito simbólico predomina en la iniciación. Cada uno tiene su especificidad, pero ninguno funciona solo, los tres se inscriben de hecho en un dispositivo global en dónde se articulan estrechamente los unos con los otros para constituir una configuración original de transmisión y de educación que están entrelazados”[11].

(enseñanza) y el aprendizaje, mientras la iniciación esta ausente. El término de ‘iniciación’ es solamente conocido y utilizado en el ámbito de la catequesis parroquial: la catequesis de iniciación. Una catequesis que tiene como objetivo el iniciar al catequizando en un sacramento como el bautismo, la comunión o la confirmación. También tenemos la iniciación en el catecumenado de adultos, concebido como camino, como interiorización en el Misterio de la Salvación.

En un ambiente como son los grupos Scout podemos encontrar la dinámica de la iniciación cómo un camino a recorrer, etapas a concluir para empezar otra etapa. A través de ciertas actividades, actitudes, habilidades, etc.. el lobato, trata de superarse para llegar a ser ‘lobo gris’. Y a través de una ceremonia casi secreta recibe el nombre y la responsabilidad de ser un lobo gris. Y así sucesivamente hasta llegar a ser un scout, y ‘una vez scout, siempre scout’. En la práctica del movimiento scout encontramos justamente las tres formas de educación hacia la vida: enseñanza, aprendizaje e iniciación.

Pero cuando hablamos de “iniciación”, ¿qué entendemos?

1. La iniciación.

En la iniciación no se quiere transmitir algo a alguien. Es más bien una serie de etapas de un camino bien preparado. El objetivo del mismo no es que el joven sepa más, sino que la finalidad de la iniciación está en la modificación de su ser: ‘de ser joven, pasa a ser adulto’. La función de la iniciación es entonces, integrar socialmente al joven, ayudándole a pasar la etapa de su juventud: es hacer que se haga adulto. Es hacer un recorrido del camino con el joven, para que a través del mismo él descubra su lugar como adulto en el mundo. “La iniciación es un proceso de formación que permite la maduración y el crecimiento de un sujeto para su integración dinámica en un grupo social.”[1]

En este sentido podríamos hablar que el camino que hizo Jesús con sus discípulos fue en cierta forma un camino de iniciación: fue un proceso de formación y crecimiento de los discípulos. De ser pescador, llegar a ser pescadores de hombres. Y a su vez, han puestos a otros en este camino de iniciación.

Iniciación significa ‘comienzo’ y luego ‘final’. ¿Comienzo de qué?: de una transformación de sí mismo. Si bien la animación o motivación vienen de afuera, la iniciación, es la acción de un individuo sobre sí mismo. No existe una ‘auto-iniciación’. La iniciación es una prueba para llegar a ser uno mismo.

2. Las etapas de la iniciación

La antropología clásica[2] distingue estas etapas claramente como:

RUPTURA

PRUEBA

INTEGRACIÓN

Toda iniciación empieza con una ruptura, con una separación de la comunidad. Todo lo conocido, lo común y lo cotidiano es dejado atrás. Lo que era seguridad, comodidad, etc. quedó atrás. Y nunca más volverá a ser lo mismo. No es una separación con ‘un hasta luego’. Todo lo que era conocido y manejable de la vida queda atrás. Es como un morir a una vida. Esto está expresado muchas veces en los ritos de comienzo: una separación física del iniciado de su tribu o familia, un lugar con símbolos desconocidos y sensaciones extrañas.

El iniciado entra en un mundo diferente de lo que conocía hasta ahora. En este lugar de reclusión, el iniciado atraviesa pruebas que lo ayudarán a superar la crisis de la ruptura y que le ayudarán a integrarse como un miembro nuevo y diferente en la comunidad[1]. Si la ruptura tiene como trasfondo la muerte, la prueba es cómo la gestación a una vida nueva. Una vida nueva hacia un nuevo lugar en la comunidad, que reconoce al iniciado como un miembro nuevo. El iniciado dejó morir al niño para ser un adulto.

2.1. Las etapas como etapas cronológicas.

Primeramente descubrimos en estos procesos las tres etapas en un orden cronológico. En primer lugar existe un acontecimiento (positivo o negativo) que hace tambalear la situación. La novedad del acontecimiento interrumpe al individuo en su aparente seguridad. El iniciado no conoce de antemano ni el momento ni la forma en que se va desarrollar la iniciación. El inicio es sorpresivo e inmediato, no hay tiempo para prepararse.

El encuentro con esta novedad trae consigo primero una reacción emocional; de la primera sorpresa surgen rápidamente sentimientos, tanto de miedo, de sorpresa, de inseguridad. Estos sentimientos son muchas veces en primera instancia difíciles de controlar. Es necesario que el individuo tome distancia de sus emociones, para luego poder enfocar su atención a lo acontecido y su influencia en su vida. Aquí las reacciones pueden ser de lo más variado: desde negarse a entrar en el juego de interrelación, hasta dejar de lado la experiencia, con la idea que esto ya se vivió. Es necesario que la persona admita lo sucedido cómo algo nuevo y distinto de lo vivido hasta ahora. Abrirse a la novedad no es siempre un proceso fácil, y reconocer su actualidad, es un paso importante durante este segundo momento.

Pero una vez que el individuo ha asumido esta nueva experiencia, descubre también que ésta, lo ha ayudado a crecer. Su vida puede tomar un rumbo diferente, o si no toma un rumbo diferente, por lo menos lo ha marcado.

2.2. Las etapas como recorrido simbólico muerte/vida[2]

Basándose sobre los procesos de iniciación varios autores hablan de un recorrido simbólico, comparando la primera etapa de ruptura con la muerte, y la última etapa con la vida. En los ritos de iniciación, vemos cómo el iniciado viviera la ruptura a través de una situación dónde reina el caos y la muerte. Tiene lugar fuera de la comunidad, en un lugar apartado con muchos elementos desconocidos. El iniciado se encuentra luego a través de las pruebas en una situación que tiene que ir superando. Y a través de esta lucha, el individuo llegará a un nuevo estado. Se considera que no ha tenido lugar la iniciación si estos tres momentos simbólicos no han estado presentes:

  1. El duelo: momento de separación. En el momento de comenzar la iniciación, el individuo es separado de su entorno social cómo la familia, la madre, etc… Esta separación puede tener elementos o ámbitos diferentes. Pero en general se puede hablar de una separación casi violenta y la introducción en una situación de muerte. Este último, a veces, es expresado en prohibiciones de tener contacto con otras personas. Muchas veces se lleva al iniciado en una especie de trance a través de danzas, cantos, etc… Este momento y sus ritos buscan siempre querer ‘matar el hombre viejo’.
  1. La prueba: separado de su lugar de convivencia, el iniciado vive cómo entre dos mundos. Se descubren como dos polos diferentes: el masculino y el femenino. Este último cómo un retorno simbólico al vientre de la madre. Representado a veces en el mismo lugar oculto de la iniciación o con las pinturas, gestos,… El mundo ‘artificial’ y lleno de símbolos que lo rodean es sentido cómo una amenaza. No será fácil salir de ahí; una lucha aún simbólica, será necesaria. El polo opuesto, el masculino, es la ascensión: el ponerse de pie para progresar. Lo simbólico es a veces expresado a través de subir un árbol o una colina, pero hay que vencer obstáculos para llegar a esta altura. Ambos movimientos tiene que desembocar en una salida: (nacer de nuevo) y esto, gracias a una fuerza superior que le impulsa.
  1. Y todos estos momentos, con su fuerte carga simbólica, terminan en una nueva integración en la comunidad. Una nueva integración, que implica un nuevo lugar para el iniciado. La comunidad cree que el niño que salió, quedó en el bosque, y una nueva persona ha salido de todo ello.

Y como último elemento no podemos olvidar que la iniciación no es un acontecimiento individual, sino un acontecimiento grupal. La comunidad de los iniciados se va a ir gestando a través de la prueba. Cada uno siente la necesidad de interrelacionarse para ir superando esta etapa. De esta forma, el individuo, va descubriendo no solamente sus propias capacidades, sino que descubre también el rol que pueda jugar en el grupo intercambiando justamente cada una sus capacidades.

1. Elementos de los ritos de iniciación en la catequesis.

La presencia de dichos ritos de iniciación dentro de un proceso de crecimiento del individuo, hace suponer que durante estos momentos, hay toda una búsqueda de sentido de la vida. No es una mera transmisión de valores, costumbres o símbolos; fundamentalmente es dar al iniciado un lugar y una identidad dentro de la sociedad. Tres grandes elementos de la identidad están en juego:

- La identidad existencial: que debe responder a las preguntas sobre ¿quién soy yo? ¿para qué estoy?;

- La identidad familiar: ¿cómo me sitúo en relación con mis padres, mis hermanos, mi familia?. ¿Soy capaz de romper con estas relaciones infantiles y establecer nuevas relaciones como adulto?

- La identidad social: ¿Cómo me sitúo enfrente a la sociedad?.

Hay en juego tres niveles, alrededor del mismo yo. Y a medida que se van dando respuestas a estas preguntas, el individuo se pone de pie. “La iniciación no es otra cosa que el aprendizaje ritualizado de todas las diferencias sociales para permitir al individuo integrarse en el cuerpo social del cual el es miembro.”[1]

La ruptura y toda la iniciación marca claramente la imposibilidad de volver al principio; no hay un retorno. Y la final de la iniciación tiene que llegar a la necesaria integración abriéndose al otro, a la comunidad.

2. Iniciación, herramienta para la evangelización.

Desde el ángulo de la educación y de la sociedad vemos que la iniciación puede responder a una nueva exigencia. Agregamos a estas motivaciones también, el hecho que la iniciación es también considerada como camino en la evangelización. Con respecto a la catequesis de iniciación podemos leer en el último DGC: “En síntesis, la catequesis de iniciación, por ser orgánica y sistemática, no se reduce a lo meramente circunstancial u ocasional; por ser formación para la vida cristiana, desborda —incluyéndola— a la mera enseñanza; por ser esencial, se centra en lo «común» para el cristiano, sin entrar en cuestiones disputadas ni convertirse en investigación teológica. En fin, por ser iniciación, incorpora a la comunidad que vive, celebra y testimonia la fe. Ejerce, por tanto, al mismo tiempo, tareas de iniciación, de educación y de instrucción.”[2]

Si bien la cita hace referencia a un aspecto concreto de la evangelización, a la catequesis de iniciación, se nos indica la relación que tiene que existir entre iniciación – educación – instrucción. Y su formulación indica claramente, lo que tiene que ser el culmen de toda iniciación: la integración en la comunidad.

La iniciación en sí misma tiene también varios elementos que ayudan ciertamente en la evangelización. Y aquí podemos retomar la imagen del camino que hemos descubierto en la lectura del evangelio de Lucas. También en la iniciación podemos encontrar esta idea de camino. Se va caminando con los iniciados hacia una meta: la integración en la comunidad como persona adulta.


Concluyendo.

La iniciación parece ser una necesidad en la evangelización. Es ciertamente una dinámica que ayuda al individuo en su crecimiento, a descubrirse a sí mismo en relación con los otros. Es el camino en el cual se puede descubrir el sentido de su vida. Es el camino para descubrir el lugar del Reino de Dios y las exigencias que trae consigo, en la elaboración de un proyecto de vida. Si bien vemos que la iniciación tiene que tener un lugar más claro en la , quedan algunas preguntas: ¿Cómo?. ¿Quién?.

¿Cómo podemos introducir la iniciación dentro del dinamismo de la catequesis? Está claro que no tenemos que copiar o inventar ritos extraordinarios. Es más bien cuidar una dinámica que ayuda al catequizando a avanzar en su crecimiento hacia un tipo de persona con posibilidades de integración social. Tenemos que recuperar el lenguaje simbólico, los ritos de iniciación dentro de nuestro camino con el catequizando.

No podemos olvidar en ningún momento que la iniciación no será la solución, es más bien, una posibilidad de crecer como propuesta evangelizadora. No es una estructura, sino más bien, una mentalidad, una vía para ayudar aún más al joven a crecer y ocupar su lugar en la sociedad. Y por último, la iniciación tiene que estar en una relación íntima con la enseñanza y el aprendizaje. Ninguna de las tres columnas es más importante que la otra, todas son complementarias y necesarias en la misma tarea: la formación integral del discípulo.

“La iniciación es un proceso de formación que permite la maduración y el crecimiento de un sujeto para su integración dinámica en un grupo social”[3] . Al catequizando lo ayudamos a que pueda armar su proyecto de vida, ofreciéndole varias herramientas de reflexión, de contenidos, etc… Es nuestro deseo que dicho proyecto de vida, esté basado sobre los valores del Reino y que sea una respuesta personal en el seguimiento de Jesús. Por lo cual, no buscamos solamente la inserción en la sociedad, sino también una inserción como laico comprometido dentro de la comunidad de creyentes.

El camino de la iniciación tiene la imagen simbólica de ‘morir al hombre viejo’. El niño tiene que morir como niño, para ser adolescente; tiene que morir como adolescente, para ser joven; tiene que morir como joven, para llegar a ser adulto. La iniciación, marca fuertemente este momento de muerte simbólica. Es esta, justamente la base que invita a vivir una nueva vida; una vida diferente. Es justamente en la fuerza de morir, que el iniciado descubrirá la fuerza para crecer y madurar. Dentro una sociedad que idealiza la eterna juventud, puede parecer una propuesta algo extraña.

Es un camino que compromete mucho más al joven con la realidad que lo rodea. En la búsqueda del sentido de su vida se ve cuestionado y necesariamente, tiene que dar una respuesta para poder tener su lugar en la sociedad. El camino de la iniciación no es un camino fácil, es un constante tratar de superarse y al mismo tiempo, de aceptarse. Es un camino obligatorio grupal y hasta diría: comunitario. Es un camino que hace posible experimentar los valores del Reino y asimilarlos como propios. Los valores, no se enseñan o se aprenden, es a través de la experiencia que se inscriben en el corazón del alumno.

La experiencia no es un camino fácil, pero justamente ahí, en el vencer las dificultades y obstáculos, y en sentir la necesidad del otro para llegar a la meta, se realiza esa experiencia de vida propia y auténtica. Lo que se gana con mayor dificultad, queda siempre mejor grabado.

Pbro. Andrés Boone, Iniciar a la vida, comunicación en el CELAM en base a su trabajo premiado en el 1º concurso Frans De Vos organizado por el I.S.C.A


[1]“L’initiation n’es rien d’autre que l’apprentissage ritualisé de toutes les différenciations sociales pour permettre à l’individu d’être pleinement intégré dans le corps social auquel il appartient ». o.c. p. 33

[2] DGC 68

[3]Cfr. pie de nota 22



[1] cfr. I.S.P.C., L’initiation chrétienne démarche catéchuménale. p. 1-40

[2] cfr. I.S.P.C., o.c., p. 25ss




[1] « L’initiation est un processus de formation qui permet la maturation et la croissance d’un sujet par son intégration dynamique dans un groupe social .» VILLEPELET, D., Initiation et pédagogie, p. 17.

[2] cfr. MAYOL, P., De l’initiation aux pratiques artistiques. p. 25-33, Revue Catéchèse n. 141, 1995



[1] Cf. Triacca, A.M., «Iniciación cristiana», en Sartore, D. Triacca, A.M. Canals, J.M. (dirs.), Nuevo Diccionario de Liturgia, Madrid: Paulinas 1987, 1059; cf. Heinz, «La confirmación», 255.

[2] Cf. Algermissen, K. Iglesia Católica y confesiones cristianas, Madrid: Rialp 1964, 612-621.

[3] Prueba de ello es la situación vivida con ocasión de la primera cruzada, en el 1099, en la que los latinos pasando por Constantinopla, comulgan de manos de los orientales; ante tal acontecimiento se ponía de manifiesto que aquella situación vivida en 1054 se la consideraba circunscripta más a las personas intervinientes que a las iglesias que representaban, no se la percibía como una ruptura definitiva.

[4] Conviene advertir que el peligro turco obligó de alguna manera a los emperadores romanos de Oriente a tratar la unión con el Papa; así puede observarse por la carta que citamos a continuación, con ocasión del Concilio Ecuménico de Lyon 1274 y en otra oportunidad en torno al Concilio Ecuménico de Florencia 1439.

[5] Tal profesión de fe le había sido propuesta por el Papa Clemente IV unos años antes 1267. Ésta será nuevamente utilizada por el papa Urbano VI para con los griegos que volvían a la comunión eclesial 1385.

[6] Así declara el Emperador en su Carta al Papa Gregorio X: «Sostiene también y enseña la misma santa Romana iglesia que siete son los sacramentos eclesiásticos: uno, el bautismo, del que se ha hablado arriba; otro es el sacramento de la confirmación, que por la imposición de manos el obispo confiere crismando a los renacidos; otro es la penitencia, otro la eucaristía, otro el sacramento del orden, otro el matrimonio, otro la extremaunción, que es administrado a los enfermos» (Miguel Paleólogo, Litteræ ad Gregorium papam X) (Ms 24,71c). Es oportuno advertir que esta es la primera vez que la doctrina septenaria aparece en Oriente (cf. González Montes, A. Las Iglesias Orientales, Madrid: BAC 2000, 233).

[7] Cf. Clemente VIII, Instrucción Presbyteri Græci (DH 1990).

[8] Cf. Benedicto XIV, Constitución Etsi pastoralis (DH 2522-2523).

[9] Cf. Clemente XIV, Instrucción para el sacerdote que administre el sacramento de la confirmación (DH 2588).

[10] Pbro. Andrés Boone, Iniciar a la vida, comunicación en el CELAM en base a su trabajo premiado en el 1º concurso Frans De Vos organizado por el I.S.C.A

[11] « Pour sa survie, tout groupe humain transmet ses acquis, ses lois, ses valeurs, ses raisons de vivir. Il dispose à cet effet de trois outils majeurs de communication : l’instruction, l’apprentissage et l’initiation. Chaque mode de transmettre a sa logique propre, sa dynamique interne qui le structure et l’organise. Si l’instruction valorise la représentation conceptuelle, la pratique règne dans l’apprentissage tandis que la symbolique rituelle prédomina dans l’initiation. Chacun a sa spécificité, mais aucun ne fonctionne seul : les trois s’inscrivent de fait dans un dispositif global oú ils s’articulent étroitement les uns aux autres pour constituer une configuration originale du transmettre et de l’éducation qui y est liée. » FAYO-FRICOUT, A., et autres, L’initiation chrétienne démarche catéchuménale. p. 18